El silencio de los páramos es completo. No hay aves que canten, ni árboles que lucen contra el viento, ni ríos estrepitosos que atruenen el espacio. Es una naturaleza grandiosa, pero llena de gravedad y de tristeza. Aquellos cerros desnudos y altísimos, acumulados al capricho, parecen las ruinas del mundo en otro tiempo habitado por cíclopes y gigantes.
Lo que pasa en la mar, lo que pasa en la llanura inmensa, eso mismo sucede en el medio de los páramos andinos. El hombre se siente humillado ante la naturaleza y se recoge en si mismo. Por eso la ascensión a las alturas de la cordillera venezolana no es solamente fatigosa para el cuerpo, sino abrumadora y triste para el espíritu. Bajo las mantas y abrigos que son necesarios al viajero para soportar un frío que acalambra los miembros, el alma también se recoge y busca el calor de los recuerdos, de los pensamientos y de los afectos que le son más caros en la vida.
A la gran puta. Nunca lo había leído, Yole, gracias.
Es la mejor descripción que pudiera hallarse sobre lo que aquí sucede.
Tulio Febres Cordero, El Perro Nevado
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