Emiliano no tiene tumba. Se lo habrán comido los animalitos del desagüe, no creo que haya llegado hasta el Guaire, era muy chiquito.
Me gusta fantasear que atravesó como un Moisés la tubería hasta un costado del río, y que ahí se quedó, en la orillita, para crecer como una mata de guayaba de ésas que crecen ahí y que le llenan la boca de dulce a los niños fumapiedra, o que lo vio una garza blanca o una guacharaca de Bello Monte y se lo llevó en el pico volando como si fuera una cigüeña, y que luego se le olvidó por ahí; que nunca se lo comió por dejarlo tan fregadamente escondido, y que Emiliano escondido ya no se va a deshacer, que va a esperar algo así como otra vez el turno de crecerme por dentro, por puro capricho. Mío.
Emiliano me creció por dentro. Debía haber sentido algo, pero yo nunca lo supe, no sé de qué se murió exactamente, así que la respuesta es justamente eso, que yo lo ignoré.
El trece después del once, cuando volvió él CH rodando a su silla, yo me había parado pensando que todo seguía igual: “estoy despeinada, ya no hay azúcar, ahitán los GN, me duele la regla”. Prendí la tele, y ahí estaba brillando, besando un crucifijo, el culo en la silla, y yo me puse a llorar, porque eso quería decir que se había tenido que morir mucha más gente todavía [“No animals were hurt…”]. Apagué el televisor con arrechera, prendí esta misma computadora, y me puse a buscar a mis amigos a ver si seguían todos completitos; y sí, estaban todos vivos, y nadie quería hablar mucho, excepto una amiga mía que ahora vive en Margarita y que ya no me habla más, pero que solía hablar más paja más conmigo de lo que yo con cualquier extraño cuando estoy rascada. La estaba leyendo botar la piedra con aquel dolor de vientre, como el que tengo ahorita, hasta que me dio un retorcijón de la porra y la corté por un momento para poder llegarme al baño sin ningún remordimiento.
Llegué al baño, cerré con seguro y me senté en la taza, y sentía como si tuviera una diarrea atroz de arroz chino, o algo así bien puerco; pero nada, todo sordo, todo ciego, no cagaba una metra. Me dolía cada vez más y más, en la barriga, en el pecho, en el costado y hasta por donde se mea. Recuerdo que me puse las manos en la cara y que estaba mojada, que pensé que debía ir al médico para que me pusiera a tomar pastillas, regular lo regulable y acabar con ese suplicio mensual [/ bimensual/quincenal].
Recuerdo también que pensar en sangre, en ese momento, era inseparable de Puente Llaguno, y recordaba las imágenes de la señora y el camarógrafo, y la gente corriendo, y la gente llorando, y cómo todos los que veíamos la tele en ese momento, también estábamos llorando. Y entonces, ¡zas!, se me movió la tripa, y sentí tremendo alivio, pensé que así debía ser parir siendo india, que te salían cosas por todos los orificios al mismo tiempo, qué asco. Y qué dolor, y qué frío.
Me comencé a asear con papel de baño, me limpio un poco y luego la ducha, todo es un mess, pero seguía sangrando, eso es normal, hay que esperar. Y esperé.
Me desperté de otro pensamiento ahí x y me paré para jalar la cadena, no me gusta estar sentada mientras eso se baja, no sé cómo hay gente que puede. Y allí estaba, como un náufrago, Emiliano, con los palitos esos de brazo enganchados del borde de un montón de papel de baño, como si estuviera luchando por su vida [-], como si estuviera esperando un helicóptero o algo, ahí estaba, mudo, sobre el reflejo del techo raspado. Y yo no le grité, extendí la mano y lo cargué de una. Tenía un montón de cosas horribles pegadas, yo se las quité, lo que pude, parecía un manguito con tallo. Me dirás loca, pero yo sentí como si se encogiera, sabes, como las cosas que se descomponen tan rápidamente con el contacto del aire; no puedo evitar pensar que estaba un poquito vivo cuando lo agarré y que eso fue algo así como que su “último suspiro”. Y eso vaya que es estúpido, tiene que haber estado muerto. Pero yo sentí que estaba vivo.
Era puro ojo, tenía unos ojos grandísimos, habrá visto la luz y habrá escuchado música; lo de la música lo supe fue después, cuando me puse a sacar cuentas y revisar los textos. En ese momento, sólo pensé que tenía ojos, y si te esforzabas, le podías ver las manos, aunque los pies no. Tenía todo el torso color mostaza, y se le veían sus tripitas hinchadas, como un pescadito. Como un pescadito muerto. Estaba aporreado, debí haberlo aporreado mucho, me da un dolor que no te sé explicar, y ahí me quedé con él sentada un rato frente a la taza, no sé cuánto, porque ya luego cuando salí del baño sólo dormí. Me dormí en la posición de Emiliano, con las manos cortas y vacías, no se me ocurrió ver la hora antes de echarme en la cama. A mí alguien sí me llegó a parir pujando.
Con esos ojos inmensos que no podía cerrar hubiera podido verlo todo, pero no llegó a ver nada.
Me comenzó a tocar la puerta mi mamá para sacar un cepillo, entonces fue que me di cuenta de que estaba manchando todo el piso y la ropa, y de que Emiliano tenía un olor a barro, como a salado con guardado. No lo quise sobar, pensé que lo aplastaría, ahora me arrepiento, creo que si yo fuera un feto maltratado y mal-parido, lo mínimo que podrían hacer por mí es un funeral de 30 segundos de sobito. Pero no, eso yo no lo pensé, como tampoco había pensado que podía estar Emiliano ahí metido, que no debí fumar ni tomar, ni trasnocharme, ni tirar por el culo, ni ponerme tacones, pero lo hice. Lo maté por dentro, pensé, lo maté, tengo algo malo por dentro. Me imaginé un útero áspero y crudo, como un bistec horroroso, le pedí perdón, lo lancé al agua y la descargué. Él no dio vueltitas, sólo se fue hasta el final, no sé por qué pensé que no se iba a ir, pero se fue, y ahí fue que comencé a sentir como una especie de pánico. Tanta irresponsabilidad, tantas irresponsabilidades tan aberrantemente juntas y yo me vengo a poner a aspaventar ahí, qué estúpida.
Ahora me acuerdo de él todos los trece, como si con eso fuera a lavar que nunca pensé en él cuando realmente era necesario, o que lo boté por la poceta. Boté a mi hijo, una gente desnuda por una poceta. No era gente, eso me dicen, pero yo lo siento gente, no sé cómo explicarlo. Que le falte crédito a todo lo demás, pero no a que fuera gente: claramente lo es, habría que haber estado ahí para verlo bien. Así no quedarían dudas; él era gente. Tampoco sé explicar por qué lo terminé devolviendo nada más y nada menos que a una encochinada taza de poceta.
Esto un descaro, una ridiculez: hubiera querido decirle algo, quisiera echar para atrás y haberlo sabido y haberlo querido. Si se tenía que morir, pues después de haberlo querido. Siempre estuvo solo, nunca supo nada de lo que tenía que saber. Yo sentí por todo el cuerpo apenas lo vi, pero ya estaba muerto; así que nunca lo sintió en el suyo. Él estuvo solo todo el tiempo, y eso para mí es la verdadera desgracia de todo esto.
¿Te acuerdas cuando veníamos de la playa en el autobús, que había cola, y nos vimos a la cara y nos sonreímos mucho, mucho? Tú a lo mejor no te acuerdas una porra, porque es algo muy tonto, pero yo sí me acuerdo bien, y me acuerdo por esto: sonreíste con una dulzura…, y yo lo sentí por los ojos y luego por toda la cara, que se me estaba estirando de risa, y entonces tú también te sonreíste aún más. Pues Emiliano tenía dos ojos completamente vacíos; no había nada que reflejar ni nada con lo que pudiera yo llenarlos.
2 months ago